Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) llegaron a un nuevo récord en 2020, a pesar del frenazo en seco de la actividad económica a consecuencia de la pandemia del coronavirus, y esta tendencia al alza se mantiene en 2021, según ha anunciado este lunes la Organización Meteorológica Mundial (OMM), a una semana del inicio e la XXVI Cumbre del Clima de la ONU que se celebrará en la ciudad escocesa de Glasgow (Reino Unido).

Los datos del Boletín de la OMM sobre GEI afirman que la abundancia de gases de efecto invernadero que retienen el calor en la atmósfera volvió a alcanzar un nuevo récord el año pasado, y la tasa de aumento anual registrada fue superior a la media del período 2011-2020. Esa tendencia se ha mantenido en 2021.

En concreto, apunta que la concentración de dióxido de carbono (CO2), el más abundante de los gases de efecto invernadero, alcanzó en 2020 las 413,2 partes por millón (ppm) y se sitúa en el 149 por ciento por encima de los niveles preindustriales.

 

 

Si bien, admite que el aumento en la concentración de CO2 de 2019 a 2020 fue ligeramente inferior al observado entre 2018 y 2019, pero superior a la tasa de aumento medio anual del último decenio. Y ello se produjo a pesar de que en 2020 las restricciones impuestas a raíz de la COVID-19 causaron una disminución de aproximadamente un 5,6 por ciento en las emisiones de CO2 procedentes de la quema de combustibles fósiles.

Mientras, el metano (CH4) y al óxido nitroso (N2O), sus concentraciones equivalieron, respectivamente, al 262 por ciento y al 123 por ciento sobre los niveles de 1750, que es el año que se estima en que la actividad humana empezó a alterar el equilibrio natural de la Tierra.

De hecho, la OMM confirma con este boletín que la ralentización económica causada por la COVID-19 «no tuvo ningún efecto evidente en los niveles atmosféricos de los gases de efecto invernadero ni en sus tasas de aumento, aunque sí se produjo un descenso transitorio de las nuevas emisiones».

En cuanto a la tendencia ascendente en 2021, el boletín indica que las concentraciones de CO2 observadas en Mauna Loa (en la isla estadounidense de Hawái) y en el cabo Grim (en la isla australiana de Tasmania) alcanzaron, respectivamente, 416,96 ppm y 412,1 ppm, en comparación con las 414,62 ppm y las 410,03 ppm registradas en julio de 2020.

Por tanto, la OMM alerta de que si no se frenan las emisiones, la temperatura mundial seguirá subiendo, ya que el CO2 es un gas que se caracteriza por su larga vida y, por tanto, el nivel de temperatura observado actualmente persistirá durante varias décadas aunque las emisiones se reduzcan rápidamente hasta alcanzar el nivel de cero neto.

Asimismo, advierte de que si a esto se suma el calentamiento del planeta, entonces proliferarán los fenómenos meteorológicos extremos (como episodios de calor intenso, lluvias fuertes, derretimiento de las masas de hielo, subida del nivel del mar y acidificación de los océanos), que entrañarán repercusiones socioeconómicas de gran alcance.

El boletín añade otra advertencia y es la posibilidad de que en el futuro, los océanos y los ecosistemas terrestres puedan perder eficacia como sumideros de carbono, que ejercen como reguladores y evitan que la temperatura suba incluso más aún.

Con estos datos, el secretario general de la OMM, el profesor Petteri Taalas, avisa: «Estamos muy lejos del camino marcado». Al mismo tiempo, defiende que el Boletín de la OMM sobre los gases de efecto invernadero manda un «mensaje científico contundente» a los negociadores en materia de cambio climático que participarán en el 26º período de sesiones de la Conferencia de las Partes (CP26) en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

«Si se mantiene el actual ritmo de aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero, el incremento de la temperatura a finales de este siglo superará de lejos el objetivo establecido en virtud del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 o 2 °C por encima de los niveles preindustriales», insiste.

Taalas explica que la cantidad de CO2 en la atmósfera superó el hito de las 400 ppm en 2015 y solo cinco años después se rebasan las 413 ppm. «Esto no es una mera fórmula química y unas cuantas cifras en un gráfico. Conlleva repercusiones negativas de primer orden para nuestra vida cotidiana y nuestro bienestar, para el estado de nuestro planeta y para el futuro de nuestros hijos y nietos», ha incidido.

El profesor recuerda que el CO2 permanece en al atmósfera siglos y aún más tiempo en los océanos y hay que remontarse a hace entre 3 y 5 millones de años para encontrar datos de concentración de CO2 tan alta en la Tierra. En esa época la temperatura era de 2 a 3 °C más cálida, y el nivel del mar, entre 10 y 20 metros superior al actual, pero entonces no había 7.800 millones de personas en el planeta.

De cara a la COP26 defiende que aunque muchos países están fijando objetivos de neutralidad, es preciso «cristalizar» esas ambiciones en acciones que obren cambios en lo concerniente a los gases que impulsan el cambio climático.

«Debemos transformar nuestros sistemas industriales, energéticos y de transporte y todo nuestro estilo de vida. Los cambios necesarios son asequibles desde el punto de vista económico y viables en el plano técnico. No hay tiempo que perder», aseguró el profesor Taalas.

El dióxido de carbono (CO2) es el gas de efecto invernadero más abundante en la atmósfera, y contribuye en aproximadamente un 66 por ciento al efecto de calentamiento del clima, principalmente a causa de la quema de combustibles fósiles y la producción de cemento.

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